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17,6% Cayó la producción industrial per cápita entre 1970 y el 2024. En ese período la industria pasó de ser el 30% del PBI al 18% . Fuente: FUNDAR

La industria argentina de hoy es muy distinta a la de hace 30 o 50 años. No sólo cambiaron las tecnologías, sino también las formas en que el mundo fabrica. La producción se reorganizó a escala global, Asia ganó un peso enorme y muchos países que habían apostado a desarrollar industrias para su mercado interno tuvieron que adaptarse a un nuevo escenario.

En Argentina, estos cambios globales se dieron en un contexto macroeconómico muy volátil y con políticas hacia la industria que fueron muy cambiantes entre gobiernos. El resultado es claro: Desde 1970, la producción industrial per cápita cayó 18%

Esta caída se ve tanto en la cantidad de bienes industriales que producimos por habitante como en el peso que la industria tiene dentro de la economía. Entre 1970 y 2024, el sector pasó de representar cerca del 30% del PIB a alrededor del 18%. En otras palabras: producimos menos industria por persona y, además, la industria ocupa un lugar más chico en el conjunto de la economía.

Ahora bien, es importante distinguir dos fenómenos. En muchos países de occidente bajó el peso relativo de la industria en el PIB, debido a que los servicios crecieron más rápido, no a que la industria se achicara. De hecho, en la mayoría de esas economías la producción industrial per cápita siguió subiendo. La industria perdió participación, pero no tamaño.

El caso de Argentina es distinto. Aquí, la industria retrocedió también en términos absolutos. La elevada volatilidad macroeconómica de las últimas décadas frenó el crecimiento general de la economía y golpeó especialmente al sector industrial. Cuando los vaivenes son tan fuertes, las empresas invierten menos; con menos inversión es más difícil modernizar plantas; y sin modernización, la competitividad industrial se deteriora.

Las ramas industriales más complejas ganaron peso hasta los ’80 y desde entonces retroceden

La industria argentina experimentó una profunda transformación estructural durante el último siglo, con dos etapas claramente marcadas. Entre 1914 y principios de los años ’80, ganaron peso las ramas de mayor intensidad de capital y complejidad tecnológica (en azul en el gráfico). Desde entonces, ese proceso se revirtió parcialmente. Es decir, la industrialización que tuvo el país hasta el último cuarto del siglo XX avanzó en paralelo con una sofisticación y diversificación del entramado productivo, mientras que la desindustrialización posterior implicó un mayor retroceso de las ramas más complejas.

En 1914, el 80% del PIB industrial correspondía a ramas tradicionales o de baja complejidad tecnológica. Alimentos, bebidas y tabaco representaban más de la mitad del total, lo que reflejaba una economía fuertemente agroexportadora. Estas ramas perdieron peso sostenido hasta 1984 (cuando llegaron a ser solo el 20% del total), y desde entonces volvieron a recuperarlo. Hoy representan cerca de un tercio del PIB industrial.

Por su lado, las ramas más intensivas en capital o tecnológicamente más sofisticadas —como maquinaria, vehículos, químicos y metales— crecieron con fuerza durante gran parte del siglo XX, impulsadas por políticas de promoción sectorial. Pasaron de representar el 20% del PIB industrial en 1914 al 61% en 1984. Sin embargo, desde entonces, su participación se redujo hasta el 54% actual.

La pérdida de protagonismo de las ramas más sofisticadas está vinculada al modelo de desarrollo adoptado desde los años ’70. El abandono de la industrialización por sustitución de importaciones (ISI), la apertura comercial y la alta inestabilidad macroeconómica afectaron especialmente a los sectores donde no se habían consolidado ventajas competitivas, con algunas excepciones como el aluminio, ciertos segmentos de la química, la siderurgia y partes de la automotriz. En cambio, la industria alimenticia, históricamente más orientada a la exportación y menos dependiente del mercado interno, logró adaptarse mejor a una economía más abierta.

Si bien perdió terreno, la industria sigue siendo uno de los sectores productivos más relevantes

Hoy la industria representa el 18,1% del PIB y genera 2,5 millones de puestos de trabajo (el 10,9% del total). Su contribución económica directa es apenas inferior al comercio, y superior a la de sectores como el agro, el petróleo, la minería, el turismo, el transporte o los servicios profesionales.

Que la industria aporte tanto más al PIB que al empleo responde a su alta productividad: cada trabajador industrial produce, en promedio, más que en otros sectores. Sobre 14 sectores, la industria es el cuarto con mayor valor agregado por persona ocupada, sólo por detrás de la minería, el petróleo, las finanzas y la electricidad, gas y agua.

La alta productividad industrial comparada con otros sectores es consecuencia de su carácter “capital-intensivo”. El sector manufacturero requiere mayor inversión en maquinaria, tecnología e infraestructura, lo que explica su capacidad de generar más valor con menos trabajadores.

Una consecuencia de este diferencial de productividad frente a otros sectores es que las condiciones laborales son mejores que en el promedio de la economía. En 2024, los salarios de los trabajadores formales industriales fueron 17% más altos que el promedio de los asalariados formales del sector privado.

Sin embargo, al interior de la industria existen fuertes diferencias. Mientras que la refinación de petróleo y la industria química más que duplican el promedio de los salarios registrados del sector privado, la industria maderera y la textil tienen salarios 30% menores a la media. En términos generales, las ramas con mejores salarios suelen ser de mayor productividad y tecnología, son intensivas en capital, demandan empleo más calificado y cuentan con sindicatos más fuertes. Además, suelen estar dominadas por empresas grandes, que en general ofrecen mejores condiciones laborales.

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